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03 10 2013
Nahuel Baglietto: Fotografías de la Memoria

Carlos Nahuel Baglietto es el fotógrafo del Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA) y trabaja en el área de Prensa y Comunicación.


Una tarde, en la oficina de Prensa y Comunicación del Espacio Memoria, se ve un libro en su escritorio: “Pequeños Combatientes”, de Raquel Robles. En ese relato, Carlos Nahuel Baglietto es “el chico de la polenta”. Sus padres, militantes populares del partido de Quilmes, fueron encontrados asesinados en octubre de 1975 en un descampado del partido de San Martín. Las circunstancias de su asesinato fueron confusas, especialmente las versiones que tuvo Nahuel acerca de ese hecho. Transcurrieron muchos años y experiencias demasiado fuertes para su corta edad, hasta que finalmente pudiera construir el complejo y desgarrador entramado en relación al asesinato de sus padres. 

 

¿Cómo comienza tu historia?

Nací el 17 de noviembre de 1971, justo un año antes de la segunda vuelta de Juan Domingo Perón a la Argentina. Me llamaron “Nahuel”, que significa tigre en araucano. Esta historia la fui armando de a pedacitos entre lo que fui escuchando, leyendo por mi cuenta y gracias a muchos compañeros. Hasta mis doce años tuve una versión de los hechos diferente, es decir que me habían contado otra historia. Soy hijo de Carlos Alberto Baglietto y de Stella Maris Edén. No sé exactamente cómo se conocieron mis padres. Nosotros somos de Quilmes. Mi mamá era catequista en la capilla del padre Luis Farinello y mi viejo asistía a esa iglesia. Mi viejo era un obrero del sector químico y trabajaba en la fábrica Darex, en la que era delegado gremial y militante de la JTP. Por los setenta y junto a otros compañeros de Quilmes, organizó la Juventud Peronista de Quilmes. 

El 22 de agosto de 1974 mi viejo estaba reunido con unos compañeros en una pizzería de Bernal, organizando el homenaje a los fusilados en Trelew. Estaban con él, Pablo “el Gringo” Van Lierde y Eduardo “el Roña” Beckerman, quien era del Nacional Buenos Aires y militaba en la UES. Al salir, unos tipos los detuvieron y se los llevaron en dos autos. En los basurales de Quilmes, los metieron en una citroneta, los ametrallaron ahí y se fueron. Mi viejo recibió 14 tiros y fue el único que se salvó porque estaba debajo de los otros dos compañeros. El grupo que los fusiló era de la Triple A. Él esperó un rato y cuando pudo sacarse los cuerpos de los compañeros de encima, empezó a caminar hasta que lo encontraron y lo llevaron al hospital.

En ese momento, la mayoría de los compañeros de Quilmes estaban presos o se habían exiliado. Entonces mi vieja empezó a armar un operativo para rescatar a mi viejo del hospital, pues pensaba que ahí lo iban a rematar. En este operativo participaron compañeros de Montoneros y del ERP. Lo rescataron y lo llevaron a curar a una casa de seguridad de Montoneros, donde estuvo como un mes. Yo hablé con el médico que estuvo a cargo de él, pero después perdí el hilo de su vida. 

¿Qué recuerdos tenés de cuando eras niño?

Todo es un poco extraño, tengo sólo algunos, porque era muy chico. Recuerdo que íbamos mucho de viaje y parábamos en moteles. Algún tiempo estábamos con mi mamá y otro con mi papá. No puedo decirte cosas con mucha exactitud, te cuento lo que dicen mis hermanas. Tengo dos hermanas mayores, Sandra y Judith, que me contaron que cuando mi viejo salió de la casa de seguridad (obviamente ya estaba clandestino) nos mudamos a un departamento en Balvanera y ahí nos empezamos a llamar Fernández, que era el nombre que usábamos en la escuela. Un día, nos quedamos los tres en la casa de mis abuelos paternos, y vino mi papá a la noche. A la mañana nos despertamos con gritos y salimos todos a la vereda donde mi abuela forcejeaba y le pedía a unos tipos que no se llevaran a mi papá. Uno de ellos le dijo que se dejara de joder o nos llevaban a todos nosotros (mis hermanas y yo). Si bien yo estaba ahí, no me acuerdo nada; esto me lo contaron mis hermanas.

Eso sucedió en septiembre de 1975 y más o menos al mes, exactamente el 9 de octubre de 1975, mi mamá y mi papá aparecieron fusilados en San Martín, en unos terrenos que lindaban con la fábrica de rulemanes SKF. Los cuerpos tenían un cartel que decía “por querer abrirse de Montoneros”. Bueno, ésta es la historia, la cual yo recién conocí a los 13 años. 

En el momento que secuestraron a mi viejo, una de mis hermanas y yo nos fuimos a vivir con mi tía -la hermana de mi viejo-, y mi otra hermana quedó con mi abuela. Desde ese momento y hasta los 13 años nadie me dijo la verdad; la explicación era que habían muerto en un accidente de auto. De todos modos a mí me sonaba raro. Como yo era un chico que hacía mucho lío, no era raro escuchar de la boca de mi tía la frase “vas terminar muerto en una zanja con un tiro en la cabeza, como tu papá”. Esa amenaza me sonaba extraña ya que se contradecía con el relato que ella misma me había contado.

¿Cómo fue la relación con tus abuelos y con tu familia paterna y materna?

A mi abuela paterna la veíamos siempre porque nos venía a visitar, pero se murió al poco tiempo. En cambio, la familia materna se borró del mapa. Después me enteré que hubo una pelea entre las dos familias tirándose culpas. A la hora del almuerzo, mi tía le daba churrasquito a mi primo, que era su único hijo, y a nosotros tres nos daba polenta. Hasta que un día me hinché todo -algo que me había ocurrido varias veces- y cuando me llevaron al hospital, el doctor le dijo: “¡Señora, no le dé más, porque el chico es alérgico a la polenta!”. 

Cuando se muere mi abuela, a mi hermana Sandra la internan con las monjas del colegio María Auxiliadora y después se viene a vivir con nosotros a lo de mi tía. Sandra fue la primera que se fue de la casa de mis tíos, tenía 16 años, le perdimos el rastro y también la pasó mal. Estuvo en el Instituto de Menores Pelletier, en La Plata; de ahí fue a un hogar abierto, también en La Plata, y por último estuvo en un convento de monjas por Ramos Mejía, hasta que cumplió la mayoría de edad.  

Con respecto a mí, estaba mucho en la calle, hacía una vida de niño, tenía mis amigos y no tenía grandes problemas. Era un chico muy rebelde. Recuerdo que una vez en el jardín de infantes tomé por asalto el pañol. Me robaba las pinturas, las témperas. Me gustaba entrar en casas abandonadas, hacía todo lo que hacían los chicos pero un poco más acentuado. Durante el período que viví con mi tía, me fugué más de tres veces. Una de ellas, me agarró la policía en Berazategui. Como no quería dar mi nombre, estuve viviendo como una semana en la comisaría hasta que no sé cómo vino mi tía a buscarme. Yo pensaba que la Argentina empezaba en La Plata y terminaba en Constitución; para mí la Argentina era eso, el ramal del tren. Un día planeé irme caminando a Constitución, me fui por las vías, pero en Don Bosco me cansé y me tomé el tren, luego el subte, deambulé hasta que aparecí deshidratado en un hospital y mi tía me fue a buscar. Otra de las veces, me agarró la policía y me llevó directamente al hogar de menores “Los Grillitos” que queda en Villa Elisa, donde estuve una o dos semanas. Dormíamos todos juntos en unos pabellones largos, nos levantábamos y nos llevaban a un salón grande donde había un televisor encendido todo el día. Estábamos sin hacer ninguna actividad, sólo jugando, peleando y mirando la tele. Otra vez que me escapé terminé en Longchamps, en el Hogar William Morris. 

¿Estabas buscando a tus padres o a tu hermana mayor?

No lo hacía pensando en eso, al menos no creo que lo hiciera conscientemente. Algunos jueces de menores decían: “Pobrecito, está buscando a su papá o a su mamá”. En realidad yo la pasaba mal en mi casa y me iba por eso. Cuando mi primo o mi tía me cagaban a palos, yo me iba a la mierda, pero también lo vivía como una aventura. 

La vez que me llevaron al William Morris, que era un lugar muy lindo en el campo, había vacas y la pasábamos súper bien, la jueza de menores dijo que no me podía quedar ahí porque yo tenía familia, y me mandaron de vuelta a la casa de mis tíos.

Así llegué a los doce o trece años, era 1983, me acuerdo por las elecciones. Yo iba todas las mañanas a comprar el pan y la leche a un mercado que estaba cerca de la casa de mi tía. Siempre hacía el mismo camino hasta que una vez noté algo diferente: había un local partidario del Partido Intransigente (PI). Un día me puse a hablar con la gente del local, y al poco tiempo me pasaba el día entero ahí adentro. Era la mascota, la pasaba bien ahí, tomaba mate o me iba con ellos a las peñas. Iba a sexto grado en un colegio que estaba a la vuelta, y a la salida pasaba por allí. Pero con esta gente del PI también sentía algo extraño… Me miraban, decían Nahuel y luego hablaban en secreto. Siempre imaginaba que había una cosa rara, los del PI eran vecinos del barrio y lo conocían a mi viejo. 

En diciembre se estaba planificando la marcha de la Resistencia y fuimos a pintar unas siluetas al Obelisco. Cuando llegó el día de la marcha, a mi tía justo se le ocurrió preguntarme adónde iba. Ingenuamente le dije “a la marcha de la Resistencia”. Me retó, me dijo que no tenía permiso para ir. Abrí para irme, le golpeé el hombro con el portón y me fui. Volvimos de la marcha relativamente temprano y cuando fui para mi casa, mi tía no me dejó entrar. Cuando toqué el timbre me dijo por la ventana: “Vos acá no entras más, sos un hijo de puta”. Y pensé, “Mejor me voy para el local antes de que se vayan todos”. Los del partido fueron a hablar con mi tía para que me dejara entrar y ella les dijo que no. 

¿Qué pasó después?

Volvimos al local, ahí los chicos deliberaron y una chica que era estudiante de Derecho, Marcela, me llevó a vivir momentáneamente con su familia. Pero Marcela trabajaba, estudiaba, tenía su vida… Los fines de semana, se dedicaba a ver dónde me podía ubicar y empezó a rastrear los últimos pasos de mi viejo. Comenzó a contactarse con amigos y a buscar gente de la “Tendencia”. Así llegamos a Vicente López, a la casa de Isabel Artola y de Justo Pereyra y me quedé momentáneamente a vivir con ellos. Ellos dijeron: “Nosotros nos vamos a ocupar de encontrarle una casa a Nahuel”. Me llevan de casa en casa para ver quién quería a Nahuel, yo no entendía nada, parecía que me estaban vendiendo. Hasta que un matrimonio de Olivos, que no había podido tener hijos, Susana y Mario, que eran de la JP, me reciben para que viva con ellos.

En esa época me empecé a enterar del tema de los desaparecidos y de la dictadura. Mario y Susana me empezaron a contar bien lo que había sucedido y me propusieron adoptarme. Con mucha claridad me explicaron que con la adopción podía perder ciertos derechos sobre cosas materiales, propiedades, etc. Entonces vimos que no convenía y se optó por la guarda legal. Terminé el séptimo grado en una escuela de Munro y comencé la secundaria en el Volta, pero no funcionó porque empecé con las drogas. Les quemé la cabeza a Susana y a Mario. Un día me sentaron y me dijeron: “¿Nahuel, qué querés hacer? Así no vamos ni para atrás ni para adelante”. Yo me daba cuenta de que ellos no podían conmigo y también veía que no podía seguir así. No quería hacerlos sufrir, era consciente de lo que estaba pasando, pero nunca me peleé con ellos y hasta el día de hoy los sigo viendo. Yo me daba cuenta de que los hacía sufrir y tampoco quería dejar de hacer lo que estaba haciendo, así que les dije que me quería ir... Fuimos a un juzgado de menores en La Plata, renunciaron a la guarda y me dejaron ahí. Me llevaron al instituto asistencial de menores Almirante Brown, donde iban chicos con problemas familiares y que los padres no se podían hacer cargo de ellos. Un lugar abierto, en el centro de La Plata, de donde se podía salir a estudiar y cerca de los 16 años te ponen en algún taller del Estado para que aprendas un oficio y puedas entrar a trabajar. Yo empecé a estudiar pero enseguida me cansé, me escapé y me fui a la calle.

Otra vez terminaste en la calle…

Me fui a vivir con los chicos de la calle de La Plata, hasta que caí preso y me pusieron en otro instituto de menores. Así viví un montón de tiempo, entrando y saliendo de institutos de menores. Hasta que una vez, en una comisaría de La Plata, se presentó una chica, Laura, que era estudiante de abogacía. Me dijo que pertenecía a un movimiento de derechos humanos y que había un lugar que se llama Taller de la Amistad, donde van chicos de todo el país que son hijos de desaparecidos. Ella me integró al taller de La Plata. Todos los fines de semana nos juntábamos en los talleres, donde festejábamos los cumpleaños, hablábamos, íbamos reconstruyendo nuestra historia, también hacíamos inter-talleres con distintos grupos de todo el país, era una referencia de contención. Si bien no me sacaron totalmente de la calle, yo sabía que ahí podía ir, que estaba ese lugar de contención y eso de algún modo me salvó. 

¿Ahí comenzaste a involucrarte en el movimiento de los derechos humanos?

Sí. Muchos de quienes participaban del Taller de la Amistad de La Plata fueron los que armaron H.I.J.O.S. de La Plata. Y del taller de Córdoba, que se llamaba “Cortázar”, muchos integraron luego H.I.J.O.S. de Córdoba. Pero no salí totalmente de la calle hasta mucho después. Igual con mis amigos de la calle teníamos muchas charlas “filosóficas” por decirlo así. Todos sabíamos que esa vida en la calle duraría hasta los 18 años, después no la íbamos a poder sostener. 

A los 17 años dejé la calle, empecé a salir con una chica y quedó embarazada. Con ese motivo fuimos a Ezpeleta, donde está mi casa, que estuvo muchos años en guarda de mi tía, después la tuvo el juzgado y cuando me la devolvieron era una ruina. Así despegué de La Plata, de la calle. Menos mal, porque la mayoría de esos chicos hoy están muertos o presos en Olmos o en otras cárceles. 

Estaba esperando un hijo así que tenía que trabajar. Entonces me fui a ver a Mario, que tenía un taller que arreglaba máquinas de calcular, de escribir, y me puse a trabajar con él. Durante el menemismo, empiezan a importar máquinas chinas y al taller de Mario le empezó a ir muy mal. En ese momento, cobré un dinero y empecé a trabajar como motoquero en una mensajería, luego me quedé en una agencia de publicidad trabajando sólo para ellos. Trabajando con la moto, un 24 de marzo, durante la marcha, veo la bandera de H.I.J.O.S. y no sé cómo pero me interesé mucho. Otro día me acerqué al local y no podía entrar de toda la gente que había, era un quilombo, todos discutían, nadie te daba bola y me fui. Al tiempo, fui a ver a Luis Farinello y cuando me recibió me dijo: “Qué bueno que viniste, quiero que conozcas a una gente”, y me lleva a un salón donde había un grupo de jóvenes que eran hijos de desaparecidos festejando el bautismo del hijo de uno de ellos, comiendo torta, palitos, etc. Y me presenta a este grupo. Conocerlos me sirvió como pista para empezar a militar en H.I.J.O.S. Mi militancia nunca fue lineal, participaba un tiempo, luego me tomaba dos o tres meses y así.

¿Cómo fue que reconstruiste la historia de tus padres?

Hasta los 12 años tenía esa idea de que mis viejos habían fallecido en un accidente de auto. Luego, la otra versión de que los había ajusticiado la propia “orga”. Con Laura fuimos a ver a amigos de mis viejos, a Luis Farinello, y muchos decían que podía ser lo de Montoneros, pero se tiraban para el lado de la Triple A. Antes de que se deroguen las leyes de impunidad, en H.I.J.O.S. estábamos bastante en contra de los “Juicios de la Verdad”, pensábamos que no servían porque no se condenaba a nadie. Pero ahora nos damos cuenta de lo equivocados que estábamos, porque si hubiéramos seguido ese camino, hubiéramos contado con más pruebas y testimonios para los juicios. En H.I.J.O.S. se formó una Comisión de Legales que se ocupa de cada una de las causas. Esta comisión empezó a realizar una profunda investigación del caso de mis viejos y se llegó a la conclusión de que fue un crimen perpetrado por la Triple A. 

¿Cómo te sentís hablando de tu historia?

Es raro, por momentos me causan mucha gracia las cosas que voy contando. En cambio, cuando me acuerdo de otras, me conmuevo. De todos modos yo elegí un perfil tranquilo, poco visible, es una elección personal, por eso es que en 17 años en la agrupación debo haber dado no más de tres entrevistas. 

¿Cómo llegaste al Espacio Memoria?

En una etapa de mi vida necesitaba un cambio en lo laboral. Yo vengo del sector informático; pero, luego de años, este rubro me desgastó y empecé a estudiar fotografía. Yo quería ser fotógrafo, lo tomé de un modo especial, porque miraba a la fotografía como un arma para registrar lo que pasa en la calle. Empecé estudiando en La Boca en un terciario y luego dejé para seguir estudiando en Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA). Cuando se empieza a discutir la ocupación del Espacio, nosotros como H.I.J.O.S., participamos de todos los debates y en la creación del Ente Público. Así que en este armado vi que podía aportar desde esta nueva profesión y aquí estoy.




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