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02 09 2013
Rodolfo García: "La idea es transformar este espacio, que sea un lugar de creación, de luz, de vida"

Entrevistamos a Rodolfo García en el ECUNHI, quien nos relató su historia como músico comprometido dentro de la trama de la historia del rock nacional. Un diálogo plagado de anécdotas que muestran las tantas perspectivas desde las cuales se puede construir la memoria.


En la actualidad, Rodolfo García se desempeña como co-coordinador del Área de Música en el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECUNHI), que depende de la Asociación Madres de Plaza de Mayo y está situado en el predio de la ex ESMA.

Rodolfo es baterista y cantor, uno de los “mojones” primordiales en la historia del rock nacional. Fundador de Almendra, la famosa banda de fines de los sesenta, que integró junto a Luis Alberto Spinetta, Edelmiro Molinari y Emilio del Guercio. También acompañó a Spinetta en la grabación de Artaud, considerado por muchos como el mejor disco de rock de la historia argentina, fue fundador de Aquelarre y de Tantor. Rodolfo continúa con la música y tiene un rol significativo en la renovación del mítico bar La Perla del Once. 

-¿A qué edad iniciaste tu acercamiento a la música?

-La música me atrapó desde muy chico. Escuchaba mucho la radio porque había programas de música en vivo. Las radios tenían unos auditorios fantásticos. Alrededor de los 15 o 16 años empecé con la idea de formar un grupo como baterista. Primero, tocaba el acordeón a piano por sugerencia de mi viejo, que era gallego y tenía un trío de acordeones que hacían folklore de Galicia. Fui a un conservatorio en el barrio de Belgrano, el de Eladio Blanco, un bandoneonista de la Orquesta de Juan D´Arienzo, muy importante en ese tiempo.

De más grande, con el surgimiento del rock and roll, que tuvo un impacto increíble para mí, soñaba con armar un grupo. Ya desde el primer rock, el de Elvis Presley, de Bill Haley y Little Richard. Siempre fui un tipo, no tan estudioso, pero sí “muy orejero”, me era fácil sacar cualquier melodía. Quise tocar rock con el acordeón y como me sonaba espantosamente mal, me fui alejando y hasta negando mi instrumento. Entonces me fui arrimando a la batería, fue un instrumento que surgió solo. Yo escuchaba esa música y llevaba el ritmo tocando en la mesa, en el sillón o donde sea, hasta que mi vieja me compró un tambor. Sólo un tambor; los platillos los hacía con tapas de cacerolas. Vivíamos en el barrio de Belgrano, donde arranqué con mi primer grupo con un vecino que tocaba el piano. 

-¿Cómo fueron los comienzos de Almendra?

-Estuve un tiempo tocando con ese primer grupo y por 1964 lo conocí al “Flaco” Spinetta, que era también del barrio. Yo vivía en Arribeños y Monroe; el “Flaco” en Arribeños y Congreso; Edelmiro en Arribeños y Manuela Pedraza; y Emilio por Montañeses. Al “Flaco” lo conocí de forma casual. Yo tenía un amigo que vivía pegado a mi casa, que lo conoció en un cumpleaños y resultó ser que tenía un parentesco lejano con el “Flaco”. Me habló de él, me dijo que era un tipo copado de la música, que se puso a cantar a capella espontáneamente. Y le contó que yo tenía un grupo. Lo invitamos a un ensayo; Luis tendría unos 13 años. Y nos hicimos amigos inmediatamente porque yo era un consumidor de música compulsivo y él también. Más adelante intenté proponerlo para que ingrese al grupo sin éxito. Era muy jovencito. Mis compañeros del grupo decían que era “muy pendejo” y no había demasiado quórum, hasta que el guitarrista del grupo tuvo que hacer el servicio militar. Ahí se dio la posibilidad de hacerlo entrar y empezamos a tocar juntos. Apenas tocaba la guitarra, pero le gustaba cantar y amaba la música. Después un vecino le regaló una guitarra criolla, muy precaria. Fue a un profe, que era del barrio de Saavedra y había sido acompañante del papá de Luis, que cantaba tangos. Así empieza mi relación de amistad con él. Iba a un colegio católico, el San Román, al que concurrían muchos pibes del barrio, de hecho tres de los cuatro Almendras fueron a esa escuela. Yo era el único que no fue. En el colegio ya había un grupo donde estaban Emilio, Edelmiro y otros amigos del “Flaco”. Edelmiro venía a vernos ensayar en la casa de los papás del “Flaco” en Arribeños. Después de los ensayos solíamos ir a tomar un café y charlábamos todo el tiempo de música. Almendra tiene una etapa fundacional a mediados de 1966, pero no se pudo concretar en los hechos porque yo me iba a hacer el servicio militar en marzo de 1967. En un comienzo pensé que si me destinaban en las cercanías de Buenos Aires podíamos ir avanzando con el grupo. Pero me mandaron a Río Gallegos. Cuando supe eso, les dije a mis compañeros que se tenían que buscar otro músico y me contestaron que me iban a esperar todo ese año, algo que de verdad no esperaba. Un gesto de mucha altura y de mucho afecto por parte de mis compañeros. Todo ese año de la “colimba” eran cartas que iban y venían con letras de canciones, para que las vea, planes a futuro, cartas de amor realmente. Cuando volví comenzamos a ensayar intensamente. Aún no teníamos nombre.  

-Era una época de vanguardia a nivel musical…

-En el Teatro Payró se hacía el “Ciclo de Música para Argentinos Jóvenes”. Estaban programados Los Gatos, el grupo “beat” más exitoso del momento. Lo peculiar era que después de escuchar el concierto se hacía un debate. Sería a principios de 1968. Además del público, estaban invitados distintos personajes “en boga”. Nosotros fuimos y también estaba Ricardo Kleinman, que era hijo del dueño de la sastrería Modart y tenía un programa de radio -“Modart en la Noche”- que todos nosotros escuchábamos. El tipo viajaba a Londres y Nueva York a ver los grupos más grosos y su gusto principal era sostener ese programa, que pasaba temas que salían en Londres o Nueva York al día siguiente de su edición.  

La música de Los Gatos había generado muchas controversias y debate. Había quienes decían que era música extranjerizante y otros que la veían como una alternativa nueva en nuestro rock. Nosotros defendíamos a Los Gatos a full. 

Cuando terminó la reunión nos acercamos a Kleinman, que era además productor artístico de Los In, quienes básicamente hacían covers de temas exitosos, y le dijimos que teníamos un grupo bárbaro, que era diferente a todo, que valía la pena que nos viniera a escuchar. Le pasamos la dirección donde ensayábamos todos los días. Nos tiramos un lance, pensando íntimamente que no iba a pasar nada. Un día estábamos ensayando y vimos estacionar un coche espectacular. Y se baja Kleinman acompañado del cantante de Los In, Amadeo Álvarez, que era un tipo que sabía muchísimo y un consumidor de música increíble. Ahí los hicimos pasar,  tocamos todo nuestro repertorio y al tipo le encantó. Elegimos de común acuerdo dos temas y, sin consultar a nadie, nos adelantó que íbamos a grabar ¡en RCA! Seleccionamos “Tema de Pototo” y “El mundo entre las manos”. Estábamos re nerviosos, ¡además no escribíamos música! Nos ofreció la posibilidad de convocar a arregladores grosos como Alchourrón, que era un compositor de jazz de vanguardia. A los pocos días apareció en nuestro ensayo Alchourrón con su cuadernito dispuesto a tomar nota de los temas elegidos para trabajar en los arreglos. ¡No podíamos creerlo!

Allí debimos acelerar el tema de la elección de nuestro nombre. Nos reunimos en círculo en la sala y empezamos a tirar nombres que tenían que tener ciertas condiciones. En principio, al nombre no lo debía anteceder un artículo. En esa época todos los grupos eran “los”: Los Gatos, Los Shakers, Los Iracundos. Y queríamos que fuese un solo nombre. Hasta que surgió Almendra, que nos gustó a todos. Después le fuimos encontrando asociaciones: un objeto lindo, dulce y amargo a la vez... 

Yo tenía una batería que era un desastre y, como laburaba en un taller, la arreglaba cada tanto. Tampoco podíamos grabar con los equipos que teníamos. Un productor amigo de Kleinman traía grupos de afuera y, cuando vinieron The Tremeloes, les compró los equipos y nos los prestó. Y grabamos nuestro primer simple con esos equipos. Después, nos pusimos a grabar nuestro primer long play, que también fue muy atípico. Las discográficas marcaban esquemas bastante rígidos. A pesar de que era nuestro primer disco grande, no quisimos salir en la foto de tapa, preferíamos un dibujo, el que todos conocen que hizo el “Flaco”. Y salimos en la contratapa, tocando, medio de espaldas. Lo del dibujo fue una lucha porque a la compañía no le gustaba. Se lanzó en un momento especial, a mediados de enero. En la historia de la discografía argentina, jamás alguien sacó un disco en esa fecha. Fue así porque la compañía especuló con que iba a salir en diciembre con nuestra foto como ellos querían, pero nos plantamos en que no. Éramos lo anti comercial. Finalmente, en enero estuvo el disco, que tuvo poca difusión, ya que se privilegiaba la música extranjera o los grupos más comerciales. Con el disco, en enero de 1970 empezamos a tocar más seguido, pero la verdad es que Almendra tuvo una vida corta. Fueron más los años de preparativos, y de espera a que yo volviera de la colimba, que el tiempo que duró después. Duramos dos años, fue corto pero muy intenso y quedaron muchos temas que no llegamos a grabar. El final fue un poco ríspido y de allí surgieron tres grupos, que formaron parte de una segunda etapa del rock argentino: Pescado Rabioso del “Flaco”; Emilio y yo hicimos Aquelarre; y Edelmiro hizo Color Humano. En 1973, Emilio y yo volvimos a tocar con el “Flaco” y grabamos Artaud. Está inspirado en el poeta Antonin Artaud. El “Flaco” siempre fue un tipo muy lector y le atraía mucho Artaud, Rimbaud, todo tipo de poesía y de libros.

Después, cada uno siguió con lo suyo. Edelmiro al tiempo se fue a vivir a Los Ángeles. Una vez por año venía y nos juntábamos a comer un asado, patear un poco la pelota y de paso zapábamos un rato. El vínculo entre todos siempre permaneció, cada tanto sobrevolaba la idea de juntarnos para hacer alguna cosa, pero luego desechábamos la idea.  

-Eran los tiempos previos a la dictadura. ¿Cómo viviste esos años?

-Con Aquelarre estuvimos tocando como cuatro años hasta 1975. En la Argentina empezaba a enrarecerse todo, con la Triple A y todas esas cosas. Yo había tenido militancia gremial. Emilio y Luis militaron de pibes en el grupo JAEN. En 1973 yo me había presentado junto a muchos colegas como candidato en el sindicato de músicos, en una lista de unidad. En la comisión estábamos con Litto Nebbia, Santiago Giacobbe, Roque Narvaja, Rubén Barbieri (hermano del Gato) con integrantes de Buenos Aires 8, Mosalini. Fue un sindicato muy perseguido en aquella época, porque no respondía a la línea de la CGT oficial. 

En 1975, entre el clima de violencia y que artísticamente habíamos llegado como a un techo en lo que respecta a la apertura de nuevos mercados para tocar, decidimos probar suerte en otro lado y viajamos a España. Éramos un grupo autogestionado, organizábamos nuestros propios conciertos, nuestros discos, diseñábamos nuestros afiches. Decidimos irnos todos: Emilio, Héctor Starc, Hugo González Neira, que era el tecladista, y yo. Nos abrimos camino como pudimos, nos quedamos dos años y medio tras lo cual decidimos parar con el grupo, pero habiendo desarrollado las cosas que más nos interesaban. Fuimos el primer grupo argentino en llevar nuestro rock por aquellas tierras. Volvimos para despedirnos de nuestro público con un concierto en el Luna Park. Como quedamos libres, armamos otro grupo con Héctor Starc y Machi Rufino que se llamó Tantor. Para el disco convocamos como invitados a Lito Vitale y Leo Sujatovich, jovencísimos en aquel momento. La propuesta de Tantor era darle más bola a la música instrumental, habíamos conocido la música de fusión, el jazz rock y nos dio por ese lado. No tuvo tanta trascendencia como los grupos anteriores, pero creo que dejamos una marca bastante interesante. 

-¿Qué lugar ocupó el rock durante el terrorismo de Estado?

-Estábamos en las listas negras, ya sabíamos qué cosas teníamos en contra, era parte de la realidad, era descarado y perverso. Sabíamos que estábamos prohibidos y cantábamos igual. El rock en la dictadura fue un lugar de expresión y también de resistencia. Íbamos en cana por boludeces, por tener el pelo largo o porque las minas llevaban la pollera corta. Yo insistía en que había que ir a tocar a los suburbios, era casi una militancia y peleaba por ese tipo de cosas. Así acercábamos a toda esa gente a los conciertos del centro. Los tipos de los suburbios se venían al centro con los pelos metidos debajo de las camisas, en el hall del teatro se sacaban sus melenas y se sentían libres. Terminaba el concierto, volvían a meterse el pelo dentro de la camisa y salían a enfrentar la calle, la cana. Nosotros terminábamos presos junto con la gente que nos iba a ver, nos metían en el mismo calabozo. Éramos iguales, pares de nuestro público.

En 1979 decidimos hacer una reunión de Almendra y dejamos los proyectos personales medio congelados. Nos encerramos un mes ensayando y preparando todo. Originalmente habíamos planeado hacer tres conciertos en Obras, pero terminaron siendo seis; y dos más en el Buenos Aires Lawn Tennis, más una gira por el interior. También nos habíamos propuesto grabar un disco con todos temas nuevos, pero no nos dio el tiempo. Grabamos sólo los conciertos para hacer un disco doble, que se llamó “Almendra en Obras”.

A mitad de 1980, sentíamos el “runrún” de esa postergación y nos volvimos a reunir para armar esos temas. Decidimos ir a grabar ese disco a Los Ángeles, bancado por nosotros. Se llamó “El Valle Interior”, con todos temas nuevos. La tapa es una especie de intervención a la etiqueta del Agua Mineral Villavicencio. Volvimos a Buenos Aires e hicimos de nuevo Obras, también una gira por el interior en los estadios mundialistas. Ahí también nos controlaba mucho la dictadura. Intentaron impedir nuestra actuación con un radiograma emitido a todo el país por el Ministerio del Interior. Un contrasentido, porque quienes manejaban esos estadios respondían al gobierno. Incluso, nos seguían en los hoteles o adónde fuéramos a comer, todo bastante burdo; cuando veíamos dos o tres tipos sin hacer nada en la mesa de al lado ya nos dábamos cuenta de que nos estaban espiando. 

Con Emilio hemos ido a actos de colocaciones de baldosas de pibes que tenían grupos de rock, y que a la vez eran militantes políticos y hoy están desaparecidos. Solíamos participar en actos y festivales. Por ejemplo, en alguna oportunidad fuimos a tocar para la Gremial de Abogados, que agrupaba a abogados defensores de presos políticos como Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde. 

Después de ese tiempo con la reunión de Almendra, cada uno volvió a su grupo. Yo, a Tantor. Me empecé a meter en temas de producción. En 1982 fui algo así como director ejecutivo de “El Expreso Imaginario”, una revista muy conocida del ambiente del rock, que era de quien fue el apoderado del “Flaco” y luego nuestro productor, Alberto Ohanián. Yo quedé en su lugar de organización de la revista, no en la parte editorial, sino en la parte ejecutiva. Igual no llegué a estar un año y sucedieron un montón de cosas. Cerró “El Expreso Imaginario”, me separé, se disolvió Tantor y entonces me propusieron participar de la gira de Pedro y Pablo. Con ellos viajamos por todo el país. Fue impresionante, tocábamos todos los días a estadio lleno. La verdad es que me sirvió mucho, no sólo por lo artístico. Hasta ese momento había sido siempre como el organizador en todos mis grupos y era una tarea muy agotadora. Esta gira me permitió dedicarme sólo a ser músico. 

-¿Cómo siguió tu carrera con el retorno de la democracia?

-Empecé a trabajar con Víctor Heredia, con quien éramos compañeros en el Sindicato Argentino de Músicos. Me propuso tocar con él, presentando su disco “Sólo quiero la vida”, siempre como baterista. Estuve varios años tocando por todo el país y también por el exterior. Hasta que de nuevo me agarró el bichito de los grupos. Quedamos re amigos con Víctor, lo mismo con Miguel Cantilo y con los Almendra. 

En 1989, cuando lo nombraron a Litto Nebbia director de Divulgación Musical en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, me llamó como asesor. Ahí empecé verdaderamente como productor y programador de espectáculos. Organizamos exposiciones, recitales, conciertos, charlas. Paralelamente continué haciendo música. Armé otro grupo que se llamó La Barraca, junto con Pedro Conde, un tipo que compone y canta muy bien. Pronto se reeditará en CD “Caballo Rojo”, el único disco que grabamos. También armamos un grupo con el que no llegamos a grabar, que se llamó PosPorteño, con Alejandro del Prado y Daniel Ferrón. Música urbana con mixturas diversas. 

En 1996 fuimos -con Pipo Lernoud- los directores de la mega muestra “Rock Nacional – 30 Años”, que se desarrolló durante un mes y medio y lo hicimos en el Centro Municipal de Exposiciones. 

-¿Cómo llegaste al ECUNHI?

-Trabajando en la Secretaría de Cultura de la Ciudad tuve el gusto de tener a Teresa Parodi como Directora de Música. Un par de años después nos encontramos un 24 de marzo en la Plaza de Mayo y me dijo de venir a trabajar con ella al ECUNHi. Acepté entusiasmado. Me sumé al equipo en el que ya habían trabajado varios ex compañeros. Había entrado una vez al ECUNHi para verlo a León (Gieco), pero nunca se me había pasado por la cabeza que iba a trabajar acá. Y la verdad es que al principio fue tremendo… Es un lugar que tiene una carga imponente por todo lo que pasó aquí adentro; sustraerte a eso es difícil. Todavía hay gente que se resiste a entrar al predio. Algunos te dicen “me da no sé qué”. La idea es transformar esto, que sea lo que es: un lugar de creación, de luz, de vida; no de muerte. Soy co-coordinador del Área de Música junto a Chiqui Ledesma, que también es música, una mina valiosísima como cantante y como gestora cultural. No contamos con grandes presupuestos para hacer cosas, pero el dinero no es todo. Es un gran placer volver a trabajar con Teresa (Parodi); y en un lugar que es de las Madres de Plaza de Mayo, a quienes admiro desde siempre por su tenacidad y su lucha. Es volver a trabajar entre amigos, en un ambiente en el que podemos hacer cosas piolas. Y en eso estamos, hay exposiciones extraordinarias, una cantidad de artistas que vienen, y son cosas que te gratifican. 

-Más allá de tu trabajo, ¿pensás que la sociedad argentina entendió el tema de la memoria y la justicia?

-Es lento, estamos en el inicio. En la Argentina hay un problema con la memoria en todo sentido. Hay muchos edificios históricos que han sido arrasados y que eran reservorios de memoria. Hay un problema con la identidad y la historia, con quiénes somos. Los medios de comunicación son terribles también. La clase media no entiende, mucha gente apoyó los golpes y el discurso de la memoria no se ha incorporado del todo. Hay un trabajo muy importante que es paso a paso. Y en los últimos años hay un avance en general con el tema de la memoria. Por ejemplo, a nivel de la música hay una recuperación muy grande, lo veo ahora que también estoy programando lo del bar La Perla del Once, que está muy centrada en la memoria, porque hay una recuperación de lo que fue ese lugar. Están Javier Martínez, Litto Nebbia, Miguel Cantilo, Emilio del Guercio, Alma y Vida, Vox Dei, que son los tipos que hicieron el rock en Argentina. Esto, quince años atrás, hubiera sido un fracaso, y ahora no. La verdad es que agradezco este momento. Hay pibes que te dicen “qué suerte que viviste en esa época”. No tenemos idea del momento que estamos viviendo hoy. 

-¿Algún otro proyecto a futuro?

-Empecé hablando del “Flaco” y cierro la historia con él. En un momento, con el “Flaco” fijamos un día a la semana para tocar, sin proyectos por delante. Por el simple disfrute de tocar juntos. Lo invitamos al bajista de PosPorteño, Daniel Ferrón. De esos encuentros semanales, quedaron siete u ocho temas grabados – todos nuevos - que seguramente pronto serán editados. 

Por María Freier (para el Espacio Memoria, en comisión desde Télam)

 

 




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