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29 11 2016
María Rosa Lojo: “Esta novela era una deuda con la memoria personal y con la de mi generación”

Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Conicet, la escritora María Rosa Lojo habla sobre su novela “Todos éramos hijos”, que se presentará junto a “Las olas del mundo”, de Alejandra Laurencich; y “Memorias de una chica normal (tirando a rockera)”, de Gabriela Saidon, este viernes 2 de diciembre, a las 11.00hs, en el Espacio Memoria y Derechos Humanos (Avenida del Libertador 8151, ex ESMA).


Frik pasa los últimos meses de estudiante en un colegio secundario de monjas. Es el comienzo de la década del setenta. Con los chicos del colegio de curas, forman un grupo de teatro. Se proponen representar “Todos eran mis hijos”, de Arthur Miller. Son años convulsionados para la Argentina, y surgen las voces de teología de la liberación y de la Iglesia del Tercer Mundo. Así es el punto de partida de "Todos éramos hijos", la novela de María Rosa Lojo.

Ensayista, novelista, poeta, sus libros de ficción han sido traducidos al inglés, italiano, francés, gallego y tailandés. Recibió el Konex, el Premio del Instituto Literario y Cultural Hispánico de California, el Premio Nacional “Esteban Echeverría”, la Medalla de la Hispanidad y la Medalla del Bicentenario otorgada por la Ciudad de Buenos Aires , entre otros galardones. 

 

¿Qué la motivó a escribir “Todos éramos hijos”? 

Me llevó décadas decidirme a escribir “Todos éramos hijos”. Era una asignatura pendiente, una deuda con la memoria personal y con la de mi generación, que aún no me sentía preparada para enfrentar. En lo personal, porque representa los años de mayor indefensión y quizá de mayor sufrimiento y turbulencia en mi vida. Esa década entre los 15 y los 25 años, en la que debemos hacer tantos aprendizajes, y empezar a movernos en el mundo de los adultos, y que fue especialmente complicada en un contexto social y político de enormes cambios. Todavía no habíamos madurado como para hacernos plenamente responsables de nosotros mismos, cuando nos enfrentábamos ante el gigantesco desafío de cambiar el mundo, de convertirlo en un lugar mejor y más justo. Un deseo que en ese tiempo se buscó hacer realidad “aquí y ahora”. Lo que los militantes de entonces tenían en común era, antes que nada, el ímpetu y la voluntad de derribar un orden inicuo y de construir un paraíso en la tierra, cualquiera fuese la forma en que este orden nuevo se imaginara. Ese contexto de grandes llamados y sacudimientos fue el de toda la juventud de aquellos años, aunque no todos se convirtiesen en militantes. 

¿Considera que su novela es una mirada particular sobre la generación del setenta? ¿Por qué?

Sí,  pero intento reflejar también a aquellos sectores que por diversas razones no tuvieron una militancia política. También ellos son parte de esa generación y fueron afectados inevitablemente por el mismo horizonte histórico que quienes sí militaron. La protagonista-testigo, Frik, es una marginal, tanto con respecto a las propuestas de la fe, como a las de la militancia política, que por esos tiempos se unieron en la convicción de que podrían actuar de inmediato sobre la sociedad real y modificarla. Equilibrista sobre un borde incómodo, Frik, hija ella misma de extranjeros y expatriados, desconfía tanto del Dios amoroso y perfecto que le pinta la fe, como de la capacidad de los seres humanos para crear condiciones compensatorias de un hábitat despiadado y cruel. Hay otro factor disruptivo que singulariza el caso de Frik, y es la relación de ella con su padre Antonio, que ha luchado por la República Española, y que tiene una mirada muy crítica sobre Perón, pero por fuera del liberalismo clásico de la clase media. Él anticipa los conflictos que el líder va a tener con la juventud que motoriza su vuelta. Habla desde una dura experiencia vital propia que no anula la esperanza de un futuro democrático maduro en el que esos jóvenes podrían y deberían ser los protagonistas. 

Con respecto al personaje de Frik, ¿cuáles de sus vivencias se relacionan con su propia vida? 

Supongo que Frik se parece bastante a esa adolescente que fui: la que se sentía una marciana aterrizada en un mundo extraño. Su timidez, su introversión, su vocación lectora y creativa, tienen bastante que ver con mi propia vida. Es más, los poemas que figuran como epígrafes, o que son citados dentro de la novela, fueron escritos por mí en esa época; me refugiaba en una casa de palabras. “Con ellas, encerrada en ellas, Frik se defendía del mundo llamado real. Pronto las palabras pasaron a convertirse en una casa relativamente cómoda que ella transportaba a cuestas, como lleva el caracol su cubierta móvil. Bajo el calcio esmaltado y resistente se escondía una pulpa: un ser blando, sensible, vivo y secreto. Durante años, Frik se acostumbró a asomarse al exterior hostil desde su casa de palabras, con los ojos en la punta de los tentáculos retráctiles que podían esconderse con facilidad cuando el más leve roce ofensivo los amenazara.” 

La novela refiere a una época en la que la Iglesia del III Mundo y el Concilio Vaticano II tuvieron una influencia significativa en el compromiso político de los jóvenes de aquella época. ¿Qué reflexión puede hacer al respecto? 

La relación de los movimientos revolucionarios con todo lo que se despertó en la Iglesia Católica a partir del Concilio Vaticano II y la Teología da la Liberación no ha tenido un gran desarrollo en la narrativa ficcional. Conocí ese entorno de primera mano, porque mi adolescencia transcurrió en una escuela católica atravesada por esas nuevas ideas y prácticas. En gran parte de esa juventud educada en el nuevo catolicismo, hubo una grande y sincera entrega a una causa política que se vivía como continuidad de la fe religiosa. Por fin, se sentía que Dios bajaba de los altares a la tierra, para estar del lado de los más necesitados y vulnerables. La opción por los pobres, la teología de la liberación marcaban una agenda solidaria, que implicaba modificar las estructuras causantes de la opresión, y –lo más difícil, verdadero horizonte utópico— pretendía volver a fundar, radicalmente, la condición moral y espiritual de la humanidad.

Su libro tiene como protagonistas a un grupo de estudiantes de un barrio del conurbano bonaerense en el agitado marco socio político de la década de 1970. 

Había efervescencia, expectativa y entusiasmo, que se canalizaban en actividades culturales (como el teatro), en debates y lecturas que iban desde las encíclicas papales y los Documentos de Medellín hasta el Manifiesto Comunista, o en el trabajo social. Durante el secundario me tocó asistir a la paulatina transformación de algunos de mis compañeras y compañeros (los de teatro, porque mi escuela no era mixta), en futuros militantes: algo que iba a materializarse después, en los comienzos de la vida universitaria, pero que se preparó en el secundario. Leer, reflexionar sobre la realidad social, militar, eran actividades que solían relacionarse y concentrarse en las mismas personas y los mismos grupos. Pero, a medida que los tiempos se aceleraban y que se producían fracturas y cambios dentro del peronismo y de las organizaciones, también esos vínculos se complicaron o se quebraron. En la tercera parte de la novela se ve cómo, ante determinados acontecimientos que se precipitan velozmente, no todos siguen en un frente común ni reaccionan de la idéntica forma. 

¿Podría ampliar su mirada sobre las relaciones padres – hijos en aquellos tiempos, dado que tienen una importancia especial a lo largo de su novela?

Uno de los grandes temas del libro es la culpa mutua implícita en esa relación, que unos arrojan sobre los otros, y que se ejemplifica sobre todo en Esteban y su padre, el señor Milovich: un abogado que trabaja para empresas multinacionales. Los hijos responsabilizan a los padres por el mundo injusto que han construido o en el que han aceptado vivir. Los padres creen que los hijos se equivocan, que son insensatos y necios, que se estrellarán sin remedio contra una realidad (social y existencial) invulnerable a los ideales desde los que pretenden modificarla. La mutua incomprensión y la fractura fueron en muchos casos hondas y trágicas. 

¿Cómo es la relación de su novela con las obras “Las olas del mundo” de Alejandra Laurencich y “Memorias de una chica normal” de Gabriela Saidón, que se presentarán el mismo día? 

En las tres novelas, las miradas centrales son de mujeres en la pubertad o en plena adolescencia, que van atravesando el período convulsionado previo a la dictadura y luego, la dictadura misma. Ninguna de ellas es militante, y creo que todas comparten cierta tendencia a la timidez, la introversión, la hipersensibilidad. Las tres, a medida que maduran, van cobrando conciencia cada vez más clara de cómo y cuánto los movimientos sociales y el terrorismo de Estado han afectado sus vidas y la vida colectiva. Las tres son testigos afinados de una época que se llevó puesta a una parte significativa de su generación, así como a la posibilidad de pensamiento libre, y de una acción social sin (auto) censura. Esto se prolongó durante mucho tiempo, aun ya iniciada y consolidada la democracia. 

¿Cuáles son sus expectativas en que su novela se presente en el Espacio Memoria? 

Me parece que la ESMA es un “lugar de memoria” monumental y fundamental para todos los argentinos. Que su reconversión, de campo clandestino de torturas en espacio de reflexión y de reparación, de búsqueda de justicia, marca un hito extraordinario. Quienes vivimos el tiempo histórico que la ESMA conmemora, hayamos estado o no relacionados en forma directa con quienes padecieron allí, podemos y debemos aportar nuestro testimonio a las nuevas generaciones, que ya no tienen ese pasado en su memoria personal, aunque sin duda, influye de tantas maneras sobre el presente. 

 

Entrevista: María Freier / Agencia Télam en el Espacio Memoria




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