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Cómo participar del juicio

Las audiencias son orales y públicas. Si sos mayor de 16 años, ingresás acreditándote con tu DNI, cédula o pasaporte en la Sala AMIA. Tribunales de Av. Comodoro Py 2002, Retiro.


06 01 2016
“Nuestra palabra habla por quienes no pudieron hacerlo, les da el lugar merecido a quienes lucharon y están desaparecidos”

Expresa María Freier, hermana de Verónica, quien fue secuestrada junto a su compañero Sergio Kacs, en junio de 1978, durante la última dictadura cívico militar. Ambos fueron llevados a la ESMA y siguen desaparecidos.


En esta entrevista, María Freier cuenta cómo vivió la experiencia de declarar en el juicio por la Megacausa ESMA y cuál es la importancia de que los familiares se acerquen a brindar su testimonio.

¿Cuál es su vínculo con la Mega Causa ESMA? 

Soy querellante por la desaparición de mi hermana Verónica, secuestrada junto a su compañero Sergio Kacs, en la noche del 11 / 12 de junio de 1978. En  ese mismo año, ambos fueron vistos con vida en el Centro Clandestino de Detención (CCdDTyE), que funcionó en lo que fue la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). 

¿Qué significó para usted declarar en el juicio? 

Fue el 16 de octubre de 2013 y lo viví intensa y profundamente. La audiencia judicial, es de por sí intimidante, genera incertidumbre y angustia. El cuerpo se expone evocando dolorosamente  a cuerpos ausentes. Las emociones juegan entonces un rol preponderante, diría que son como el andamiaje del propio testimonio. Quiero citar una frase de John Berger que dice “Hay relatos escritos con los nudillos ensangrentados que nos hablan de otras tantas historias que están pidiendo ser contadas”.

Testimoniar significó un hito, tanto de continuidad, como de ruptura en mi vida. De continuidad porque lo hice de acuerdo a mis convicciones. Es decir buscar la verdad y pedir  justicia por  un crimen consumado por un Estado terrorista que arrasó a una parte significativa de la sociedad argentina, en la cual se incluye mi hermana, otros  seres queridos y una porción enorme de mi generación. De ruptura, porque fue realizado a contrapelo de mi familia y  en soledad debido a desavenencias sustantivas en cuanto al esclarecimiento del crimen de Verónica.

En su libro “Cuerpos sin Duelo” Ileana Diéguez destaca la importancia de expresarse  públicamente  sobre  una experiencia subjetiva traumática. Aquí, la autora cita a Veena Das quien dice “Quiero entrar de nuevo a esta escena de devastación para preguntar cómo deberíamos habitar un mundo semejante que se ha tornado extraño por la desoladora experiencia de la violencia y de la pérdida”.

Las audiencias pueden ser vistas incluso como escenarios  ceremoniales, casi de  aparición. Verónica  ‘aparece’, los desaparecidos  ‘aparecen’. Están ahí con su entereza activa, asumiendo la historia y enfrentando  lo trágico. Esto representa  una verdadera victoria de ellos, y de ellos  sobre sus asesinos, que quisieron lo contrario. Aunque la desaparición de mi hermana podría parecer menos ‘grave’ que otros casos, ningún personaje es secundario. Dice John Berger “todos estamos siluetados en el cielo”. Librar esta historia del silencio y del olvido forma parte de una causa personal  y  testimoniar fue una victoria para mí también. 

¿Cómo fue instancia previa a declarar? 

 El filósofo Michael Foucault dice “el camino de la construcción de memoria es difuso, con pliegues y fisuras”. En mi caso, fue un recorrido no ajeno a conflictos, enmarcado en el miedo y  con repercusiones  afectivas muy graves en mi familia. Sin embargo, es en esos intersticios de dolor donde surge con fuerza la voluntad personal y las verdaderas preguntas sobre nuestra actitud personal ante  la tragedia de un familiar desaparecido. En esa grieta comenzamos  a accionar, sin desviar la mirada, ni pasar la página. Es un lugar al revés del orden común y cotidiano, de lo banal. El  pensamiento corriente tiende a evitar el conflicto, manteniéndonos a salvo como si ‘eso’ les sucediera a otros. 

Llegar a la instancia judicial implicó al mismo tiempo ocho años de arduo trabajo (trámites administrativos, reuniones con abogados, con sobrevivientes, instituciones, etc.). Y en 2013 llegamos al testimonio ante el tribunal.  Personalmente tuve la suerte de contar con un sólido resguardo  afectivo, tanto en mi  trabajo (Espacio Memoria y Derechos Humanos) como en  la entidad patrocinante de mi querella, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) donde recibí  durante años ámbitos de concreta contención jurídica y psicológica. Del mismo modo lo hace la fiscalía, que brinda atención y cuidado personal lo cual es algo sumamente valioso para quienes testimonian. Esa incertidumbre y temor del principio, se trastocaron entonces en un ámbito de calidez mayor al que esperaba,  con  la presencia de amigos, compañeros, hijos y especialmente dos de mis hermanos y sus hijas. 

Es aquí donde me interesa retomar esta frase de Ileana Diéguez que dice “un espacio intersubjetivo donde se pone en juego una dimensión casi espiritual, sin desconocer la estrategia que la precede y la fuerza moral que la constituye. Donde la vida tiene que continuar y porque es más fuerte que la muerte.  Algo que se acomoda y sucede así”.  

¿Cuál es la importancia de brindar testimonios en estos juicios? En su caso particular ¿por qué lo hace? 

El testimonio vivo de las personas es central. Dar lugar a que los actores sociales ‘tengan la palabra’, es decir se sientan parte de los fenómenos que los involucran. En el caso particular de los que fuimos afectados por la última dictadura, hablar y testimoniar es trascendental. “El silencio del dolor es una forma de aumentar la violencia y de instalarla…”, recuerda I. Diéguez. 

El pensador italiano Giorgio Agamben  reflexiona sobre la condición del testimoniante: “Es un  testigo y es un sobreviviente (…) El que testimonia habla por aquellos que no pudieron  tener  la oportunidad de hacerlo… el derecho y el deber de contar lo que sucedió, nos convierte en  cronistas  de un tiempo excepcional (…) Callar y silenciar la barbarie sería otorgar la victoria a los perpetradores de esa misma barbarie”. 

El secuestro y desaparición de un familiar es algo muy desdichado, es una experiencia traumática. Uno no tiene un lugar claro donde alojar a un ser tan íntimo en las tenazas de lo que fue aquella feroz represión, a la cual uno además sobrevivió. Es casi imposible concebir al ser amado dentro de las mazmorras de la tortura y mucho menos que fue arrojado vivo al río. 

En este sentido los actos de memoria se constituyen en un verdadero conjuro contra los daños del terrorismo de Estado y los juicios son el acto de memoria por excelencia. 

Incluso hay algo simbólico de rito de pasaje, dejamos de cargar el estigma de la inconsecuencia, constatando  que no fuimos reducidos a cero. Por eso lo hago y sostengo que hay que hacerlo. 

Todavía quedan testigos sin declarar, ¿qué piensa al respecto? 

Ya señalé lo que significa vivir con un familiar desaparecido. Un manto de sospecha caía de manera implacable sobre quién preguntaba sólo por uno de ellos o sobre quien manifestaba amarlo. En muchos casos, se eligió a un sólo miembro de la familia dejando al resto, vivos y paralizados por el terror. Y ese familiar secuestrado podía llegar a ser, además de una víctima, alguien condenado al olvido, un  recuerdo cuasi prohibido para sus seres amados. Esta fue una situación que probablemente sucedió con muchos familiares de desaparecidos. La negación de la sepultura es una práctica común a las dictaduras. Gerard Wajcman, en “El Objeto del Siglo”, señala que “los totalitarismos del siglo XX inventan por primera vez la figura del crimen sin rastros, no tanto el crimen que permanece o no impune sino en la construcción de un olvido absoluto. No es sólo la destrucción física de los cadáveres sino su total negación en el plano del lenguaje, el enterramiento de la memoria, la postulación de un olvido sin fisuras”. Los juicios otorgan la posibilidad de revisar y reparar esa tragedia. 

Para finalizar, ¿quiere hacer alguna otra reflexión? 

Sí, soy insistente en continuar reflexionando sobre el tema de la memoria y la dictadura. En principio entendiendo como la última dictadura actualiza los fenómenos que han configurado  a toda nuestra Nación. Es decir que no es ajeno a los distintos crímenes realizados, también desde el aparato del Estado. 

En otro orden, pienso que sería interesante construir espacios más abarcativos que brinden  a otras personas la posibilidad de ‘tener la palabra’, de sentirse parte de los enormes avances en torno a los juicios y a las políticas de memoria, verdad y justicia. Soy partidaria de seguir construyendo una memoria dinámica, que incluya la mayor cantidad de actores y colectivos sociales  para evitar clichés y mensajes  reiterativos. 

Los años pasaron y no olvidamos el sello atroz que dejó la dictadura con sus señores de la muerte: las desapariciones, la soledad, la falta de palabras, referentes y pertenencias. Las dictaduras provocan estos daños que son ruinas sobre las cuales nos debemos una reconstrucción más humana. Los que vivimos en esos despiadados años totalitarios, tenemos las  posibilidades de repensarlos y re sentirlos. Llevarlos a la justicia es una oportunidad única hoy en la Argentina, se constituye en un duelo público. Nuestra palabra habla por quienes no pudieron hacerlo, conjura el miedo y les da el lugar merecido a quienes lucharon y hoy están desaparecidos. 

 



de los procesados son juzgados por los "vuelos
de la muerte"
son las víctimas de los crímenes de lesa humanidad incluidas en la causa
testigos declararán y se incorporarán parte de los testimonios del juicio anterior
MEMORIA, VERDAD, JUSTICIA. 30.000 DETENIDOS-DESAPARECIDOS PRESENTES

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